Segunda Guerra Mundial
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Michel Iriart.Las guerras de un porteño afrancesado.
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Mensaje Michel Iriart.Las guerras de un porteño afrancesado. 
Michel Iriart.Las guerras de un porteño afrancesado.
Veterano combatiente de la Segunda Guerra Mundial y del conflicto de Indochina estuvo siempre donde hubo acción.


los 81 años recién cumplidos, con su pelo ensortijado y rodeado de su colección de pipas preferidas, Michel Iriart es un conversador atrapante, con un guiño cómplice siempre listo y una fascinante vida atrás (digna de una obra de Stendhal), una vida aventurera que sabe conjugar con la calidad del excelente narrador que es.

Nacido en el corazón del barrio de Almagro el 25 de febrero de 1920, este orgulloso descendiente de vascos franceses es hijo de un destacado periodista francés que llegó a la Argentina en su juventud, fue director en Buenos Aires de Havas (la agencia noticiosa que posteriormente se convertiría en France-Presse) y falleció en 1967.

Al producirse la Segunda Guerra Mundial, Michel Iriart llevaba, todavía, una existencia "ordinaria". Estudiaba Derecho y había hecho algunas experiencias periodísticas juveniles, participando en las actividades de la colectividad francesa en el país. Todo iba a cambiar muy pronto.

Tras la invasión alemana y la caída de París llegaron a Buenos Aires los encendidos términos del llamamiento del 18 de junio de 1940 de Charles de Gaulle (realizado desde Londres) a los franceses de todo el mundo que no aceptaban la derrota con resignación y querían continuar la lucha.

Se contactó, entonces, con el Comité De Gaulle de Buenos Aires, que funcionaba en la calle San Martín, ofreciéndose como voluntario para el combate. "Yo me enganché acá -recuerda Iriart-, en el comité local, pero no quería molestar a mi padre, que por entonces trabajaba para la agencia Havas, así que no le dije nada a nadie. Después de más de un año de colaborar en el Comité De Gaulle, me mandaron a Inglaterra a recibir entrenamiento militar. Me fui en un barco que navegaba solo, cargado de ingleses y polacos residentes en la Argentina que iban a hacer lo mismo que yo, a combatir contra los nazis. Llegamos a Bermudas, y a la salida de allí nos torpedeó un submarino alemán. Un barco norteamericano nos llevó luego a Nueva York y desde ese punto fuimos a Halifax, donde nuevamente nos embarcamos, esta vez en un convoy de 99 barcos, 83 de los cuales eran petroleros que llevaban combustible a los rusos, en Arcángel. Eramos una invitación flotante al desastre si se aparecían los submarinos alemanes. Uno de los buques fue torpedeado, y a nosotros nos atacaron los Fokker Wulf-190 de la Luftwaffe. Finalmente, nuestro barco se desprendió del convoy y llegó a Southampton, donde pudimos desembarcar."


Michel Iriart, hoy, en su departamento en el barrio de Belgrano; en primer plano, un retrato suyo, como soldado en la campaña de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial Foto: Carlos Barria

Durante dos años, Iriart estudió en el Colegio Militar francés (que en tiempos normales tenía su sede en Saint Cyr y que entonces funcionaba provisionalmente en Bewdley, en Inglaterra), recibiéndose de subteniente justo el 6 de junio de 1944, el día del desembarco de Normandía. Allí, en Bewdley, tendría un duradero impacto emocional al conocer al legendario general De Gaulle, de quien se convertiría en un admirador incondicional hasta el día de hoy. "A De Gaulle -recuerda- lo conocí en el Colegio Militar. Lo saludé y le dije que era argentino. Me prometió que algún día iba a venir a mi país (en 1964 lo cumplió). Era un tipo extraordinario De Gaulle, bueno, yo soy gaullista.

"Primero, como militar fue el único que atacó a los alemanes en la campaña del 40. Antes, en el período de la entreguerra, los militares germanos habían copiado sus planes de la moderna utilización de los tanques. La Blitzkrieg estaba inspirada en él. Entonces, se metió de político y fue uno muy grande. Y si no hubiera sido militar o político, hubiera sido escritor, o se hubiera destacado en algo".

"Personalmente era un poco duro, austero. No se reía jamás, aunque tenía buen sentido del humor. Un día, recuerdo que De Gaulle viajó con una avioneta a un campo de batalla donde lo recibieron varios generales franceses, entre ellos el general de paracaidistas Jacques Emile Massu, que era un incondicional suyo. Massu lo esperaba ahí, entonces, y De Gaulle le dijo: ÔMassu, qué tal, siempre tan estúpido´; ÔSiempre gaullista, mi general´, le respondió éste. Ahí sí vi a De Gaulle sonreír secamente, pero fue una rara ocasión."

Días después del desembarco de Normandía, como flamante subteniente, Michel Iriart pisó suelo francés. Se desempeñaría entonces como oficial de enlace porque hablaba tres idiomas (inglés, francés y español) entendiéndose además a la región de Saint-L™. "La zona estaba atestada de cañones norteamericanos, porque esos tipos no corren riesgos. Ponían sus mil cañones, arrasaban con todo, y después avanzaban". Como oficial de enlace, tuvo la oportunidad de conocer a algunos de los comandantes aliados más importantes. "El general Omar N. Bradley era un buen tipo. Grandote, muy norteamericano. En el fondo, me pareció el jefe más inteligente, un tipo de mucha cancha y frialdad en las situaciones difíciles. El mariscal Montgomery, en cambio, era un inglés típico, de colonia, muy pausado, con mucho sentido de la prudencia. Demasiado Ôbritish´. A las cinco, el five o´clock tea; después, cuando caía el sol, nunca antes, el whisky en su tienda."



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General con breeches

Posteriormente, como oficial de blindados junto al general francés Jacques Philippe Leclerc, Iriart tendría la ocasión de conocer a otro legendario jefe aliado. "La división de Leclerc -aclara- pertenecía al III Ejército norteamericano, así que el general George S. Patton era el jefe supremo nuestro. Lo vi personalmente en alguna ocasión. Tenía las pistolas con las cachas de nácar y pantalones tipo breeches de montar.

Era muy querido por sus tropas, norteamericano típico, campechano. Pero no se parecía (contra lo que cree mucha gente) al fallecido actor George C. Scott que lo hizo en el cine. Tenía un rostro más cuadrado que el de Scott." Posteriormente, el joven oficial tuvo la oportunidad de convertirse, junto con su comandante de unidad, en los dos primeros oficiales en entrar con un jeep en París, en las horas previas a la liberación de la ciudad, el 24 de agosto de 1944. Llevaban mensajes de De Gaulle para la jefatura de la Resistencia. Este honor le fue reconocido en 1998 por el alcalde de la ciudad, Jean Tiberi. "La liberación de París fue una locura -recuerda-. Transitábamos entre millones de personas. Las mujeres besaban a todo el mundo. Todavía tengo una foto mía en el día de la liberación tomada en el Hotel de Ville, donde aparezco yo con cara de bronca. Es que me habían robado todos los cigarrillos y las cosas de limpieza."

Luego, Iriart, siempre inquieto, sería asignado al frente de una sección de 60 hombres, casi todos republicanos españoles que venían de Africa, adonde lo enviaron precisamente por hablar español. La unidad integraba el Regimiento de Marcha del Chad, que originalmente había sido de camelleros, hasta que los camellos fueron reemplazados por los más modernos y funcionales blindados. El distintivo del regimiento era un camello con una cruz y un ancla dorada, porque en un principio había pertenecido a la Infantería de Marina.

"A mí me nombraron al frente de la unidad -señala- tras haber sido gravemente herido su anterior comandante. Cuando me presenté ante ellos, me encontré con los soldados españoles, recios, barbudos, y yo tenía una cara de 18 años, siempre parecía un poco más joven de mi edad. Un capitán me presentó en francés. Entonces les hablé a los soldados en castellano y uno de ellos gritó: ÔTeniente, usted habla castellano, ¿de dónde es?´ ÔDe la Argentina´ -contesté-. ÔTengo una prima allá -insistió-, Josefa Díaz de Rosario, ¿la conoce?´ ÔClaro´, le mentí. Ahí me los empecé a ganar. Eran mayores que yo, y hoy los que quedan con vida rondan los 85 y 90 años. Muchos eran comunistas y anarquistas, aunque uno al que le decían Palito (porque tenía un dedo tieso) había peleado junto a la División Azul de Franco contra los rusos, algo rarísimo."




En tierras del Reich

Junto a estos hombres curtidos, Iriart peleó duramente a través de Alsacia y de la frontera alemana, entrando al territorio del Reich por Estrasburgo y abriéndose paso por la Selva Negra. Le tocó enfrentar a los restos de la durísima división panzer Das Reich de las SS, así como a la Hermann Goering.

"El soldado alemán -reconoce- era un soldado muy bueno, muy resistente. Obediente, disciplinado (tal vez demasiado disciplinado). A los de la Wehrmacht los respetábamos muchísimo. A los de las SS los teníamos por muy duros.

"Los de la Wehrmacht eran muy profesionales, no cometían atrocidades. Cuando entramos en Alemania, en todo momento tuvimos enfrente a la división Hermann Goering. Sus soldados eran muy buena tropa, muy curtidos, morían en su puesto sin problema. Incluso, cuando caímos en alguna emboscada, los prisioneros alemanes que llevábamos con nosotros ayudaron a trasladar a los heridos. Uno de mis hombres se salvó porque un prisionero alemán lo ayudó bajo fuego enemigo."

En aquellos lejanos días del fin de la guerra en Europa, a comienzos de 1945, le tocó a Iriart participar de la toma del exótico y bello castillo de Neuschwanstein, construido por el delirante Luis II de Baviera (donde encontró prisioneros aliados), y convertirse en uno de los primeros en llegar al refugio montañoso de Hitler, el Berghof, que dominaba desde las alturas a Berchtesgaden, adonde llegó a comienzos de mayo, después de que hubieran bombardeado el lugar los aviones Mosquito británicos. "En el refugio de Hitler -señala- no quedaba ya nadie. Sólo encontramos el cadáver de un coronel de la Wehrmacht que se había suicidado en un corredor y que todavía sujetaba una carpeta. Como no teníamos una bandera francesa, terminamos colocando una holandesa que encontramos en los alrededores, y la pusimos en forma vertical, para semejar la enseña gala."

Apenas concluida la Segunda Guerra Mundial (tras ser condecorado por su admirado De Gaulle con la Cruz de Guerra con Palmas del Ejército francés), Michel Iriart quedó, sin saberlo, envuelto en otro conflicto bélico, mucho más cruel todavía, como sería el de Indochina.

"Nos fuimos de una guerra a la otra -destaca- porque el Vietminh había empezado a operar, ayudado incluso por algunos ex combatientes japoneses que habían sido declarados criminales de guerra por los aliados y se habían unido a los comunistas. Estos japoneses eran durísimos. Cuando peleábamos con el Vietminh nos dábamos cuenta enseguida si había japoneses en sus filas por lo recio que se ponía el combate."

Como prueba cabal de lo que cuenta, Michel Iriart puede exhibir en una de sus manos, donde una mancha negra señala la presencia inconfundible del metal bajo la piel, el punto donde se alojó la esquirla de una granada japonesa recibida en Indochina. "Lo fui a ver a un amigo médico para preguntarle qué hacía con ella. ÔGuardátela de recuerdo´, me dijo. Es el Ôrecuerdito´ de un oficial japonés con el que me encontré cara a cara en las selvas de Indochina. El tipo, de repente, sacó una granada y la tiró entre los dos, el loco. Yo hice un vuelo como de veinte metros y me alcanzaron varias esquirlas. El japonés, en cambio, quedó frito."

Contra el Vietminh, Iriart recuerda que se combatía especialmente de noche. "A nosotros nos costó al principio, el primer mes fue muy duro. Después ya nos acostumbramos, porque sabíamos una serie de cosas. Cuando ladraban los perros de un lado, por ahí venía una columna enemiga. Eran maestros en el arte de la emboscada y se arreglaban siempre para estar en superioridad de condiciones. Para esperarlos y sorprenderlos, nos metíamos de noche en los cementerios, en las tumbas recién cavadas y abiertas. Cuando se acercaban, salíamos de las fosas gritando y disparando, y los comunistas se llevaban un buen julepe. Era una guerra dura y traicionera, sin frente ni retaguardia."

Michel Iriart asegura que, al lado de la de Indochina, la Segunda Guerra Mundial no fue tan cruel, señalando además que por poco se salvó de participar en otra aún peor. "El general Massu quiso llevarme también a Argelia, como paracaidista. ÔNo mi general -le dije-, no quiero (todavía no había guerra declarada en el lugar). Usted sabe que soy oficial de campo, no de cuartel. A mí me gusta la pelea, la aventura, nada de un-dos, un-dos y a desfilar.´ ÔEs una pena -me dijo-, podrías llegar a general.´ ÔSí -le contesté-, pero me voy a aburrir mucho. Prefiero no ser general y divertirme."

Historias de veteranos

Así, Iriart regresó a la Argentina, donde se destacó como periodista en la agencia France-Presse (en la que había trabajado su padre), alcanzando allí importantes cargos y entrevistando a personalidades como Nikita Khrushchev, Fidel Castro, Lyndon B. Johnson, el sha de Persia, y cubriendo notas que lo retrotraían a sus años de acción, como los severos incendios de bosques en el Mato Grosso en 1963, o el naufragio del barco Ciudad de Buenos Aires en el Río de la Plata. Entre tanta lucha, viajes y aventuras, tuvo tiempo para formar junto a su exquisita esposa, Helene de Alarcon (nacida en Madrid, pero educada en Francia), una familia integrada por tres hijos, Miguel Mariano (aviador naval de la Armada argentina) Anne Marie y Helene (las dos psicólogas) y cinco nietos.

En el final de la conversación, Iriart no puede concluir sin señalar su participación, que exhibe con orgullo, en la Asociación y Unión Francesa de ex Combatientes ( los legendarios Anciens Combattants).
"Esta organización -aclara- se creó en realidad en 1920, con los veteranos franceses de la Primera Guerra Mundial radicados en la Argentina. Llegó a incluir a 400 ex combatientes de las dos guerras mundiales. Hoy funciona en una casona en la calle Santiago del Estero. Allí todavía nos reunimos los cuatro veteranos que aún quedamos con vida para recordar los buenos viejos tiempos. El más joven de nosotros tiene 76 años", concluye Michel Iriart, hombre de acción, fino periodista y estimulante conversador, que paseó su aventurera figura por algunos de los escenarios más dramáticos de la historia contemporánea.

Por Ernesto G. Castrillón y Luis Casabal
De la Redacción de La Nación

Saludos



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