Segunda Guerra Mundial
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El único ataque de la Luftwaffe en Normandia
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Mensaje El único ataque de la Luftwaffe en Normandia 
El único ataque de la Luftwaffe en Normandia


En el aeródromo cercano a Lille, el comandante de Ala Josef «Pips» Priller y el sargento Heinz Wodarczyk corrieron hacia sus dos solitarios cazas FW-190.

Habían telefoneado desde el 2° Cuerpo de Cazas de la Luftwaffe.

—Priller, la invasión ha comenzado. Sería conveniente que fuera hacia allí —dijo el oficial de operaciones.

Priller explotó:

—¡Ahora me dicen esto! ¡Se han vuelto locos! ¿Qué diablos creen que puedo hacer con dos aviones? ¿Dónde están mis escuadrones? ¿Pueden hacerlos volver?

El oficial de operaciones se mantuvo imperturbable.

—Priller, aún no sabemos exactamente dónde han aterrizado sus escuadrones, pero vamos a trasladarlos al campo de Poix. Mande inmediatamente allí a todo su personal de tierra. Mientras tanto, haría bien en dirigirse al área de invasión. Buena suerte, Priller —dijo el oficial con suavidad.

Con toda la paciencia de la que era capaz en esos momentos de indignación, Priller preguntó:

—¿Le importaría decirme dónde se ha realizado la invasión?

El oficial, sin enfadarse, contestó:

—En Normandía, Pips. En algún lugar encima de Caen.

Priller tardó casi una hora en hacer los preparativos necesarios para el traslado de su personal de tierra. Ahora él y Wodarczyk estaban preparados para realizar el único ataque diurno de la Luftwaffe contra la invasión.15

Antes de subir a su avión, Priller dijo a su compañero:

—Escucha. Estamos los dos solos. No podemos separarnos. Por el amor de Dios, haz lo que yo haga. Vuela detrás de mí y sigue todos mis movimientos.

Estuvieron juntos largo rato, y Priller creyó que debía hablar con claridad.

—Vamos a ir solos y no creo que regresemos.

Partieron a las nueve de la mañana (las ocho para Priller). Se dirigió directamente hacia poniente, volando a muy baja altura. Sobre Abbeville comenzaron a ver sobre ellos a los cazas aliados. Priller observó que no volaban en formación cerrada, como debían haberlo hecho. Pensó: «Si tuviera unos cuantos aviones, los barría». Al acercarse a El Havre, tomaron altura para ocultarse entre las nubes. Volaron unos cuantos minutos más y salieron de la capa nubosa. Debajo de ellos vieron la fantástica flota de centenares de barcos de toda clase y tamaño, que se extendía interminablemente por el Canal de la Mancha. Priller vio la procesión de barcazas de desembarco que se dirigía a la orilla cargadas de hombres, y las explosiones de las bombas sobre las playas y en el interior. La arena estaba punteada de tropas, tanques y equipo de toda clase. Priller se adentró de nuevo entre las nubes para considerar lo que debía hacer. Había tantos aviones, tantos acorazados, tantos hombres en las playas, que calculó que sólo podría dar una pasada antes de que lo derribasen.





Ahora no era necesario mantener silencio radiofónico. Priller, casi con alegría, dijo por el micrófono:

—¡Qué espectáculo! ¡Qué espectáculo! ¡Hay de todo aquí, mires hacia donde mires! Créame, es la invasión—. Luego añadió: —Wodarczyk, ¡vamos allá! ¡Buena suerte!

Se lanzaron en picado sobre las playas del sector británico a una velocidad de seiscientos kilómetros por hora, llegando a menos de treinta metros del suelo. Priller no tuvo tiempo de apuntar. Se limitó a apretar el gatillo de su palanca de control. Al volar tan bajo sobre las cabezas de los soldados pudo ver cómo las levantaban, asombrados.

En la playa Sword, Philippe Kieffer, comandante de los comandos franceses, vio acercarse los aviones. Se puso a cubierto. Seis prisioneros alemanes aprovecharon la confusión del momento e intentaron huir. Los hombres de Kieffer los abatieron rápidamente. En la playa Juno, el soldado Robert Rogge, de la 8ª Brigada de Infantería canadiense, oyó el ruido de los aviones y los «vio pasar tan bajos que pude ver claramente las caras de los pilotos». Se tiró al suelo como los demás pero consiguió ver a un hombre «que seguía tranquilamente de pie, sin dejar de disparar su Sten». En el límite oriental de la playa Omaha, el teniente William J. Eisemann, de la Marina estadounidense, se quedó boquiabierto al ver pasar ametrallando a los dos FW-190. Desde el H.M.S. Dunbar, el fogonero Robert Dowie observó que todos los cañones antiaéreos de la flota abrían fuego sobre Priller y Wodarczyk. Los dos cazas pasaron sin sufrir daño alguno, giraron en dirección a tierra y se adentraron entre las nubes.

—Aunque seáis alemanes, os deseo mucha suerte. Se necesita tener narices para hacer esto —dijo Dowie.




Fuentes:

-Extracto del libro “El día más largo” de Cornelius Ryan
-www.forosegundaguerra.com
-www.sonnyschug-studiowest.com





Saludos



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